miércoles, 23 de julio de 2008

"LA MOCOSITA", UN PRETEXTO

(foto de W. Peña elPeriódico Guate)
Lunes 21 de julio de 2008. Son las 7:30 de la mañana, voy rumbo al trabajo conduciendo mi automóvil en un tránsito más reactivo que reflexivo. El comunicador de un popular noticiero de radio, informa que ha recibido numerosos mensajes de texto, por medio de la vía de muchos teléfonos celulares, lamentando la muerte de la elefanta bautizada como “La Mocosita”, que tenía más de 50 años de estar viviendo en el Zoológico “La Aurora” de la capital de Guatemala. Esto ocurrió entre el sábado y el domingo recién pasado.

“La Mocosita” fue el primer paquidermo que muchos guatemaltecos del siglo pasado, tuvimos la oportunidad de ver en aquel antañoso parque de diversiones, de gratísimos recuerdos. Algunos no olvidan haberla visto llegar desde la India, con apenas unos pocos añitos. Era casi como una niña, juguetona, pequeñita. Creció con todos nosotros y como un miembro más de la familia, se le visitaba cada cierto tiempo… aunque cada vez menos.

Esa elefanta, muy apreciada, era parte -pues- de nuestro pasado reciente. Sí, todo un símbolo muy cercano a nuestra generación: ese grupo poblacional nacido poco antes o después de la mitad del siglo XX, un siglo que (luego) se convirtió en mediático. ¿Pero qué elementos significativos asociamos al hoy desaparecido animal? ¿Qué signos semióticos podemos leer alrededor de su figura simbólica? ¿Semióticamente… que fue para nosotros?

Muy simple. Todos los guatemaltecos de mi generación, recordamos las vistas al Zoológico, por su sola e imponente presencia. Allí estaba siempre y era la parada obligada para saludarla y comer aquellos exquisitos algodones de azúcar, color rosado fuerte, que aún recordamos con nostalgia. Así también, su imagen nos permite hacer conexión mental con agradables momentos: caminar plácidamente por el Zoológico, disfrutando y observando todos aquellos animales, en un paseo cargado de alegrías junto a hermanos, primos o amiguitos cercanos… compartiendo con niños de nuestra edad. Gozando como niños.

Ni siquiera la gallarda familia de los leones ni los tigres, siempre moviendo la cola (aunque petrificados) llamaban tanto la atención de los chicos. Era “La Mocosita” nuestro mayor interés y para llegar hasta su jaula teníamos que ir -corriendo y saltando por todo el parque- deleitándonos de un domingo o un día de descanso, acompañados de nuestros padres o mentores. Momentos inolvidables de divertidos paseos y remembranzas de aquella sana niñez. Todo eso y mucho más, mucho más significó para nosotros, la posibilidad de ir a saludar a nuestra querida y enorme amiguita, hoy desaparecida.

En lo personal, aquellas excursiones al parque Zoológico, eran inolvidables, porque (en mi fantasía desbordante) cada viaje a “La Aurora” se convertía en una visita al mero corazón de la jungla africana. Era como transportarme a un universo de expediciones, misterios, aventuras. Solo faltaba que saltaran por entre los pasillos Tarzán o Jane, para que todo fuera como de película. Y en el centro de atención, estaba nuestro referente: siempre activa con alegría y llena de vida, esperándonos con su gran trompa, para saludar a todos los niños de Guatemala con alguna gracia… como sabiendo que era a ella, a ella… la que íbamos a festejar.
Dichosos los que tuvimos numerosas oportunidades de compartir con “La Mocosita”, porque su imagen mental la asociamos con la comunicación más jubilosa con nuestros padres, en las visitas a su casa, en la zona 13 de la capital. Por eso fue tan significativa, porque la relacionamos con momentos de alegría y felicidad… simple transposición de sentimientos. Ella representaba un puente que unía dos mundos, como un “link” entre la familia unida y gozando de un día libre, con el gozo de visitar aquel parque donde todo era aventura, comida, fiesta.

Por eso, la imagen que tenemos de de “La Mocosita” se convirtió en icono para mi generación, popularmente hablando. Con ella, también, se van para siempre muchos de nuestros mejores y más alegres momentos de la infancia, en aquel viejo Zoológico, que hoy luce renovado, pero que nunca será el mismo. Es curioso… pero esos momentos de alegría, esfumados para siempre con su simbólico entierro, el domingo pasado, a la vez nos permiten esbozar una enorme lección de vida, que buscaremos plantear en pocas líneas.

¿Por qué no se recibieron otros mensajes similares en ese popular noticiero de radio, cuando ese mismo día, 12 personas fallecieron en Zacapa al caer un alud sobre sus humildes viviendas? ¿O qué decir de esos cuatro hermanitos de San Marcos, que murieron calcinados en su propia casa… víctimas inocentes de un descuido trágico, ya que la madre los había dejado encerrados bajo llave, porque ella tenía que ir a trabajar?

¿Por qué muchos lamentaron la muerte un simple animal como “La Mocosita” (con todo y lo que pueda significar para mi generación) pero no desprendieron lágrimas por estas y otras profundas tragedias humanas que nos presentaron, ese mismo lunes y con abundancia, los medios masivos de información?

¿¡Por qué nos hemos vueltos insensibles!? ¿Será porque todos los días recibimos este tipo de informaciones?

¿Y…cómo, entonces, podríamos hacer para rescatar aquellos signos que nos humanicen en cada párrafo noticioso, para sentirnos solidarios con los verdaderos dramas humanos de todos los días? ¿O damos vuelta a la página y seguimos desayunando tranquilamente, leyendo las noticias de ayer que nos trae el diario cada mañana… como si nada hubiera pasado a nuestro alrededor?

Lunes 21 de julio 2008. 7:53 horas. Llegó a mi trabajo, escuchando las noticias de la radio de mi automóvil. Estacioné donde correspondía y me bajé. La primera persona que encontré en el camino hasta mi oficina, me dijo: -¿Ya supo lo de la pobre “Mocosita”?

Le respondí: -¿Y usted: ya supo la noticia de las 12 personas que murieron en un tremendo alud en Zacapa? El hombre me vio feo, se apartó… y siguió su rumbo. Ni dijo buenos días, siquiera.

Voy hacia mi escritorio con el espíritu estrujado, no por “La Mocosita”, sino al recordar tantas otras familias, que han sufrido de la violencia en esta nuestra Guatemala, que cada día nos trae más noticias de iniquidades políticas y perversiones sociales de todo tipo. Más y más de lo mismo: noticias de muertes. Los diarios impresos y los noticieros de las radios informativas están saturados de este tipo de informaciones, pero también de noticias baladíes, hechos frívolos o acontecimientos banales… que solo nos distraen. En muchos casos -demasiados, tal vez-, la información se espectaculariza… sin sentido. ¿A sabiendas? ¿Deliberadamente? ¿Eso es lo que se busca…? ¿O se ignora? No lo sé, con certeza… no lo sé.

En todo caso, la violencia criminal (desbordada como jamás habíamos visto) y la pobreza estructural y distributiva de Guatemala, siguen cobrando víctimas todos, todos los días. Robándose la tranquilidad y la paz de muchas, de demasiadas familias. Lamentable, aunque cierto.

Pero hay algo peor. Algo que resulta ser invisible: una enorme cápsula de egoísmo y frialdad va recubriendo poco a poco nuestros corazones, casi asfixiándolo. Petrificándolo.

Por eso la peor victima de nuestra realidad mediática resultas ser tú, yo. Somos todos.

Nosotros somos, al final y al cabo, como consumidores de noticias, los más afectados.

Y… ya nada nos conmueve. Por lo menos, lo más relevante del día debería impactarnos, sacudirnos, revolvernos la existencia… aunque fuera el estomago. Y sin embargo, no lo hace.

Ya nada nos perturba...Ya nada

Desde mi esquina de observador de la realidad, como adulto consciente que vivo en el siglo XXI… entierro los recuerdos más gratos de mi niñez, en ese gran agujero en el Zoológico “La Aurora”, junto al enorme cuerpo de “La Mocosita”.

Sepelio simbólico… porque allí -bajo tierra- no estará nunca mi corazón… que buscará e intentará permanecer siempre alerta, atento y despierto a otros sucesos, a otras dinámicas. A otras sensaciones y emociones menos mediáticas.

Porque mi amiguita, a quien extrañaré siempre, fue solo un pretexto… para este texto semiótico e intentar descubrir lo que semióticamente nos presenta la vida diaria.